La recuperación económica volvió a mostrar señales de debilidad en julio. Los dos sectores más vinculados al empleo —la industria y la construcción— registraron caídas más profundas de las previstas y volvieron a poner en duda la capacidad del mercado interno para acompañar el crecimiento que todavía sostienen el agro, la minería y la energía.

Los datos del Indec reflejaron un fuerte deterioro: la actividad manufacturera cayó 5% mensual desestacionalizado, mientras que la construcción retrocedió 4,6%, marcando uno de los peores desempeños del año.
El retroceso industrial no fue aislado. En los primeros siete meses del año el sector acumuló una contracción de 2,6%, con doce de las dieciséis ramas relevadas en terreno negativo. Entre las más afectadas aparecen maquinaria y equipos, textiles, indumentaria y calzado, actividades estrechamente ligadas al consumo interno y a las pymes.
A la caída de la producción se suma otra preocupación: consultoras privadas advierten que la morosidad entre las empresas industriales creció con fuerza y que cada vez más firmas enfrentan dificultades para financiar su capital de trabajo en un contexto de tasas de interés elevadas.
La construcción también perdió impulso después de varios meses de mejora. Aunque todavía mantiene un crecimiento acumulado en el año, el resultado de julio interrumpió esa tendencia y volvió a generar dudas sobre la continuidad del repunte, especialmente por la debilidad de la obra privada y la escasa tracción del mercado inmobiliario.
La consecuencia es una economía partida en dos. Mientras los sectores exportadores siguen mostrando buenos resultados, los rubros intensivos en empleo continúan estancados y limitan la recuperación general de la actividad. Esa divergencia llevó a los analistas a recortar nuevamente las proyecciones de crecimiento del PBI para este año.
Ahora, todas las miradas están puestas en los indicadores de agosto, que permitirán saber si el desplome de julio fue un traspié puntual o el inicio de una desaceleración más prolongada.




