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La vida es bella: Una película que nos enseña a superar la adversidad.

La vida es bella es una de esas películas que dejan huella. Imposible verla sin subirse a la montaña rusa emocional que experimentan sus propios protagonistas. Dirigida y protagonizada por Roberto Benigni en 1997, ganó más de 50 premios internacionales, entre ellos tres premios Óscar, el Gran Premio del Festival de Cannes, el César a la mejor película extranjera y el Goya a la mejor película europea.

La fantasía que mantuvo viva la ilusión de un niño

La primera mitad de la película muestra el cambio político que se está produciendo en Italia, con la ascensión del fascismo. El resto del filme traslada el escenario a un campo de concentración, donde el actor principal, Guido y su hijo pequeño, Giosuè, son deportados.

Aunque las condiciones son terribles, Guido se las ingenia para hacer creer a su hijo que la situación que están viviendo es un juego en el que deben ganar puntos. Le explica que todos los prisioneros participan en el juego, pero solo el primero que gane mil puntos conseguirá un tanque de verdad. Las reglas son claras: si llora, pide comida o quiere ver a su madre, perderá puntos, pero esconderse de los guardias del campo le hará ganar puntos extra. Cada vez que desaparece un niño del campo, Guido esconde la cruda verdad explicándole que se ha escondido para ganar puntos en el juego.

A lo largo del filme, el padre recurre a esa fantasía para explicar todos los maltratos, humillaciones y horrores de los que el niño es testigo, en un intento por preservar la inocencia y la ilusión infantil en aquel infierno. A pesar de estar rodeados de tristeza y muerte, Giosuè acaba creyendo la historia de su padre y así su estancia en el campo es un poco más llevadera.

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El sentido de la vida cuando todo parece perder el sentido

La vida es bella es una película difícil de encasillar. El humor de Guido y su lucha por mantener la ilusión de su hijo incluso arranca alguna que otra sonrisa a los espectadores, aunque se trate de una sonrisa agridulce. Por eso se convierte en una oda a la perseverancia, la ilusión y la superación de las adversidades. Nos muestra que incluso en los peores momentos, cuando parece que todo está perdido, si tenemos algo por lo que luchar, podemos mantener una actitud más positiva.

De hecho, la película nos conduce inevitablemente a la teoría del sentido de la vida de Viktor Frankl, un psiquiatra austríaco que también estuvo prisionero en los campos de concentración y pudo analizar de cerca el proceso de transformación psicológica que sufrían los deportados.

Según Frankl, en el campo de concentración, los prisioneros que tenían más probabilidades de sobrevivir eran aquellos que podían encontrar un sentido a la vida y seguir conservando su dignidad humana. Escribió: “el hombre puede conservar un vestigio de la libertad espiritual, de independencia mental, incluso en las más terribles circunstancias de tensión psíquica y física”.

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Frankl estaba convencido de que muchos de los que lograron sobrevivir en los campos de concentración nazis se aferraron a la esperanza, ya fuera de volver a ver a un ser querido, a la ilusión de que tenían una misión por cumplir o a una tarea que solo ellos podían realizar cuando salieran de allí. La clave de la supervivencia era asumir aquel sufrimiento como un reto a superar. Quien perdía el sentido de la vida sentenciaba su futuro.

La autotrascendencia era un aspecto clave para desarrollar ese sentido de la vida. “Ser hombre implica dirigirse hacia algo o alguien distinto de uno mismo, bien sea realizar un valor, alcanzar un sentido o encontrar a otro ser humano. Cuando más se olvida uno de sí mismo —al entregarse a una causa o a una persona amada—, más humano se vuelve y más perfecciona sus capacidades”, escribió Frankl.

Ese es precisamente uno de los valores que se aprecia en la película. El protagonista no se da por vencido porque tiene algo por lo que luchar más allá de sí mismo, su hijo, y a ello se aferra para poder seguir adelante y crecer ante la adversidad.